martes, 14 de febrero de 2012

NEGLIGENCIA Y RENDIMIENTO


Rendimiento y negligencia son conceptos que podemos relacionarlos con cualquier profesión e incluso con cualquier aspecto de la vida. En este caso yo quiero relacionarlo con el deporte base, el deporte educativo, en definitiva el verdadero deporte. Aquí me surgen infinidad de cuestiones que se dan una y otra vez en estampas cotidianas de nuestro deporte más “benjamín”.

El niño, dicen, es competitivo por naturaleza y si dejáramos un puñado de niños jugando y organizándose por sí mismos el resultado sería relativamente aceptable. Relativamente aceptable porque no habría demasiados problemas, ellos mismos disfrutarían del juego sin más, durante horas, podría haber problemas de “apartar al más débil a un lado” y de “ciertos egoísmos infantiles” lógicos en edades tempranas. Pero surge irremediablemente en pleno paraíso infante una figura que viene a dar al traste con la diversión de los niños: los adultos que juegan a educadores deportivos.



Siempre dije que el cáncer de la mayoría de los deportes, sobre todo los colectivos, son los papás y mamás que viven con pasión desatada cualquier evolución de sus tiernos vástagos. Esa pasión desatada es muy bonita y encantadora hasta que su hijo no gana, no juega lo suficiente o incurre en algo antirreglamentario y los “entendidos papás” piensan que es una gran injusticia lo que les ha pasado.



Pero no solo los papaítos tienen su “cosa”, ahí están también los “grandes entrenadores” de niños pequeños, esos entrenadores-ganadores de niños de 7, 8 ó 9 años. Ganadores a toda costa, dónde no importa dejar a un niño sin jugar todo el partido o sacarle su minutito de gloria, dónde no importa chillarles, faltarles, mofarse de ellos o incluso faltarle al respeto al rival, esos grandes entrenadores que en plena carrera de campo a través no paran de chillarles riñéndoles y no animándoles, esos grandes entrenadores que aplican grandes entrenamientos a personas en pleno crecimiento sin pensar en su desarrollo muscular, circulatorio, respiratorio, a cambio de un puñado de medallas que engrosen el prestigio de gran técnico. Cuántos y cuántos chavales se han quedado en el camino gracias a estos personajetes, chavales que apuntaban a tener una vida deportiva muy interesante, sin entrar a valorar si iban a ser grandes campeones o no, en esa fase donde se debe ser campeón, a partir de haber concluido el crecimiento principal. Se quedaron en el camino bien por falta de ilusión, la entrada en meseta por un crecimiento deportivo demasiado precoz y rápido o simplemente por haber sido “conducido” por un papaíto inaguantable y un entrenador negligente. A pesar de todo hoy día y gracias a Dios, cada vez hay más técnicos cualificados y profesionales del deporte infantil que son antes educadores que entrenadores, pero el asunto del papá-mamá insolente e indolente aun sigue ahí pues aunque las escuelas deportivas avanzan y se rodean de los más adecuados entrenadores, educadores, fisioterapeutas, psicólogos y pedagogos sigue habiendo una gran asignatura pendiente la ESCUELA DE PADRES.

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